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domingo, 18 de mayo de 2008

La marginación femenina en la cultura

La marginación femenina en la cultura

Desde hace años hay más licenciadas universitarias que licenciados, y, sin embargo, ni siquiera en los campos más feminizados, como la literatura, nos acercamos ni de lejos a un igual protagonismo

LAURA FREIXAS, diario El País 03/05/2008

Por qué hay tan pocas mujeres en el mundo de la cultura? Según un estudio que acaba de presentarse, de las películas españolas de los últimos años (2000-2006), sólo un 7% han sido dirigidas por mujeres (Fátima Arranz: Mujeres y hombres en el cine español).

La lista de los libros más vendidos en España en una semana cualquiera (Abc, 29-3-08) incluye una mujer entre 10 en ficción y dos en no ficción: 10% y 20%. De las 43 exposiciones individuales organizadas entre 2002 y 2005 por la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, sólo dos (5%) llevaban firma femenina (Manifiesto Arco 2005). En los medios de comunicación, aunque son mujeres el 46% de los profesionales, sólo ocupan un 24% de los puestos directivos (Informe Anual de la Profesión Periodística, 2006). En teatro, de entre los candidatos a los Premios Max de Artes Escénicas 2008, las mujeres son minoritarias en casi todas las categorías, especialmente directores (25%) y autores (19%) (www.projectevaca.com).

Antes del siglo XX, el hecho de que muy pocas mujeres fueran pensadoras o artistas no tiene mayor misterio: no tenían la educación necesaria. Pero son ya varias las generaciones nacidas, o al menos, formadas, en democracia; hay hoy más licenciadas universitarias que licenciados; y sin embargo, ni siquiera en los campos más feminizados -como la literatura, con décadas de mayoría femenina entre estudiantes y lectores- nos acercamos, ni de lejos, a un igual protagonismo. Llama la atención por ejemplo que los premios nacionales creados en 1977 apenas hayan reflejado evolución alguna: en sus 10 primeras convocatorias, el Nacional de Ensayo, de Poesía y de Narrativa sumaron 29 varones galardonados y una mujer (3%); en las 10 últimas (1998-2007), 4 mujeres entre 30 (13%).

Nos interesa fijarnos en la cultura porque es ahí donde mejor vemos cómo actúa un factor difuso, pero muy poderoso: la ideología patriarcal. Ahora bien: ¿cómo identificarla? Sería una grosera simplificación confundirla con la ideología de derechas. Pero si no se halla -o no sólo- en tal o cual catecismo o programa de partido, ¿dónde se formula?

En el lenguaje. El lenguaje nos enseña muchísimo sobre el valor que la sociedad patriarcal asigna a cada sexo, y que se basa en tres axiomas. Primero: el varón encarna todo el género humano (el hombre), la mujer sólo una parte. Ellos pueden hablar en nombre de todas y todos; ellas sólo se representan a sí mismas. Segundo: el hombre se define como un ser social, cultural (hombre de Estado, hombre de negocios, hombre público...), la mujer se identifica con la naturaleza (ser mujer significa menstruar), la sexualidad (mujer pública) y su relación con el varón (mujer=esposa). Tercero: lo masculino es visto como intrínsecamente positivo (hombre de pelo en pecho, ser todo un hombre...), lo femenino como negativo, como lo atestiguan las numerosas voces peyorativas que se aplican a las mujeres: pendón, arpía, maruja...

Lo cual se refleja con toda claridad en el discurso dominante. Véase por ejemplo el titular: Un islamista, su mujer y su hermana mueren en un atentado suicida (El Mundo, 30-4-05): la ideología niega la evidencia (tres personas mataron y murieron por motivos políticos) para sustituirla por sus categorías prefabricadas: el varón se define por su relación con instancias abstractas (un islamista), las mujeres, por su relación con los varones. En literatura, el campo que conozco mejor -pero estas observaciones son fácilmente extrapolables-, se habla de "literatura de mujeres", no para oponerla a la "literatura de hombres" (no existe esa etiqueta) sino para distinguirla de la "Literatura" a secas: lo masculino no es visto como masculino, sino como universal, mientras que lo femenino se interpreta como particular. Por eso, obras literarias excelentes son excluidas de los cánones: al haber sido escritas (y especialmente si son, además, protagonizadas) por mujeres, se ven, inconscientemente, como algo de interés puramente sectorial.

Estas consideraciones pueden servirnos también para aclarar un gran misterio. Si, como hemos visto, la participación femenina en la cultura es mínima (hay lectoras y espectadoras, desde luego, pero en términos relativos muy pocas escritoras, directoras de cine, compositoras...), ¿cómo se explica la insistencia de los medios en proclamar, a bombo y platillo, un supuesto triunfo? Citemos algunos titulares, todos de este periódico aunque podrían ser de cualquier otro: Los libros son cosa de mujeres. Leen más que ellos y dominan el mundo editorial (23-4-00), El cine es de las mujeres. Ellas toman el mando (1-2-04), La revolución musical de 2008 es cosa de chicas (8-2-08)... La clave nos la da una vez más la ideología patriarcal: si las mujeres son la parte y los hombres el todo, cualquier incremento de una mínima presencia femenina es visto, no como un avance hacia la normalidad (de la que estamos aún muy lejos, si por tal se entiende el 50%), sino como una anomalía. Que se espera pasajera, a juzgar por la palabra tan a menudo empleada para definir la nueva situación: "moda".

Digan lo que digan los medios, sabemos -cifras en mano- que la presencia femenina entre los agentes culturales sigue siendo muy minoritaria. ¿Y cómo, insistimos en preguntarnos, se perpetúa esa marginación, cuando ya hace tiempo que las facultades de artes y letras son mayoritariamente femeninas? Veámoslo con un ejemplo al azar: un artículo sobre la biografía como género, publicado en una revista de pensamiento (Letras libres, enero 2008). El texto, por lo demás brillante, contiene más de 60 nombres. Entre ellos sólo dos femeninos. ¿Es que no ha habido en la historia mujeres biógrafas o biografiadas? Si las ha habido, ¿es que no han alcanzado la excelencia que las haría dignas de mención? Y si no las ha habido, ¿por qué no las ha habido?... Lo importante no es tanto la respuesta que se dé a estas preguntas, como el hecho de que el autor del artículo ni siquiera las plantea. Después de eso, que en el índice de la revista en cuestión encontremos sólo 3 colaboradoras entre 36 (8%) ya no puede ser una sorpresa. Es decir, que la ausencia de mujeres entre los creadores de cultura produce unos contenidos que naturalizan, legitiman, la ausencia de mujeres, y viceversa.

Para romper este círculo vicioso, no basta que aumente, durante varias generaciones, el número de mujeres con estudios. No basta que cambie la realidad, si la ideología patriarcal no sólo distorsiona nuestra percepción de lo real, sino que actúa sobre la realidad, frenando nuestro avance. Así, las noticias antes citadas sobre un supuesto "dominio" femenino en el campo de la edición, la música o el cine tienen un efecto desmovilizador: cuando exigimos mayor presencia, nos contestan: "Pero ¿qué más queréis?"...

Si la exclusión o marginación de las mujeres en la cultura afectara solamente a las profesionales de la cultura, estaríamos ante un simple problema gremial. Pero sería un grave error verlo en tales términos. Pues una cultura que invisibiliza a las mujeres -o las ridiculiza, o trivializa sus preocupaciones- no perjudica sólo a las poetas o las compositoras, sino a todas. Cuando los políticos se preguntan, desesperados, qué se puede hacer para frenar la violencia de género, habría que sugerirles que no vayan sólo a los juzgados, sino al cine. Allí verán cómo en las películas dirigidas por hombres -no así, nunca, en las dirigidas por muje-res-, la violación y los malos tratos se presentan con frecuencia en clave de humor (Pilar Aguilar: Mujer, amor y sexo en el cine español de los 90). ¿Se imaginan que alguien hiciera lo mismo respecto al terrorismo?... Este ejemplo debería bastarnos para empezar, por fin, a darnos cuenta de que todo el esfuerzo que se está realizando en cuanto a malos tratos, igualdad salarial o paridad política, se arriesga a ser insuficiente -por no decir saboteado- si no nos tomamos en serio la igualdad en la cultura.

martes, 15 de abril de 2008

Mujeres en la Historia del Arte

MUJERES EN LA HISTORIA DEL ARTE

Alumnos/as de 4º Div. IES Europa. Águilas.


Somos un grupo de alumnos y alumnas del IES Europa de Águilas. Estamos haciendo 4º de ESO en un programa de diversificación y estamos estudiando, entre otras cosas, Historia del Arte. Hemos empezado por el Barroco y hemos visto que en nuestro libro de “ámbito lingüístico-social” no se habla de ninguna pintora ni escultora. Además no aparecen fotos de ninguna de sus obras. Y tampoco hemos encontrado nada mirando en otros temas del libro. Es algo que nos ha molestado bastante a las chicas, pero no sólo, y que nos parece machista y que no debería suceder hoy en día.

Porque sin embargo existieron: Nuestro profesor nos ha dado unas hojas donde salen mujeres artistas como Sofonisba Anguissola (1535-1625), Artemisia Gentileschi (1593-1652), Lavinia Fontana (1552- ¿?), Judith Leyster (1609-1660), Rosalía Carriera (1675- 1757) o la escultora sevillana Luisa Ignacia Roldán. Algunas fueron pintoras que trabajaron para reyes como Felipe II, Carlos II y Felipe V en España y papas como Gregorio XIII y Clemente VIII. Fueron admiradas por otros pintores y se relacionaron famosos como Caravaggio y Tintoretto. Vivieron en los tiempos de Velásquez, Rembrandt y Rubens.

La historiadora del arte Griselda Pollock opina que las mujeres han sido expulsadas de la historia del arte en el siglo XX y que en épocas anteriores hubo artistas celebradas pero que los historiadores de ahora las han marginado. Dice también que el arte necesita una revisión hecha con ojos de mujer. A nosotros y nosotras nos gustaría que hubiera más información y que además de revistas como la de “Mujeres que rompieron el estereotipo: las pintoras” que han sacado desde la Consejería se cuidara lo que sale en los libros, ya que no es sólo nuestro libro el que las margina, y que estos se cambien para que el año que viene ya cuenten cosas de las mujeres en la historia.

Firmado:

Antonio Aguilera Nieto, Gonzalo Belzunce Raja, Francisco Javier Cano Muñoz, Julián Carmona Muñoz, Pedro Castro Navarro, Francisco José Pelegrín de Haro, Cristina Mula García, Noelia Mulero García, Antonio Parra Soler, María José Parra Soler, Inmaculada Ramos Rabal, Vanesa Robles Simón, Carlos Sánchez Rabal. Jessica Sánchez Toledano y Ana Isabel Silva García; alumnos y alumnas de 4º de ESO (Programa de Diversificación) del IES Europa, Águilas. Curso 2003-2004.

lunes, 14 de abril de 2008

El pensamiento silenciado.

El pensamiento silenciado

Umberto Eco

La antigua afirmación filosófica según la cual el hombre es capaz de pensar el infinito, mientras que la mujer da sentido al infinito, puede leerse de muchas maneras: por ejemplo, puesto que el hombre no sabe hacer hijos, se consuela con las paradojas de Zenón. Ahora bien, basándose en afirmaciones de este tipo se ha difundido la idea de que la Historia (por lo menos hasta el siglo XX) nos ha dado a conocer a grandes poetisas y a narradoras superlativas, así como a científicas de varias disciplinas, pero no a mujeres filósofas ni a mujeres matemáticas.

En distorsiones de este tipo se ha fundado durante mucho tiempo la convicción de que las mujeres no tenían aptitudes para la pintura, a no ser por las habituales Rosalba Carriera o Artemisia Gentileschi. Es natural que, mientras la pintura consistiera en frescos de iglesias, subirse a un andamio con faldas no fuera algo decente ni fuera oficio de mujer dirigir un taller con 30 aprendices, pero las mujeres pintoras han aparecido en cuanto se ha podido hacer pintura de caballete.

Algo así como decir que los judíos han sido grandes en muchas artes pero no en pintura hasta que no apareció Chagall. Es verdad que la cultura judía era eminentemente auditiva y no visual, y que no debía representarse a la divinidad mediante imágenes, pero hay una producción visual de indudable interés en muchos manuscritos judíos. El problema es que era difícil, en los siglos en que las artes figurativas estaban en manos de la Iglesia, que un judío se sintiera alentado a pintar vírgenes y crucifixiones, y sería como asombrarse de que ningún judío haya llegado a ser Papa.

Las crónicas de la Universidad de Bolonia citan a profesoras como Bettisia Gozzadini y Novella d'Andrea, tan bella que tenía que dar clase detrás de un velo para no turbar a los estudiantes, pero no enseñaban Filosofía. En los manuales de filosofía, no encontramos a mujeres que enseñaran Dialéctica o Teología. Eloísa, brillantísima e infeliz alumna de Abelardo, tuvo que conformarse con convertirse en abadesa.

Tampoco hay que tomarse a la ligera el problema de las abadesas, y le ha dedicado a ello muchas páginas una mujer-filósofo de nuestro tiempo como Maria Teresa Fumagalli. Una abadesa era una autoridad espiritual, organizativa y política, además de desarrollar funciones intelectuales importantes en la sociedad medieval. Un buen manual de filosofía tiene que incluir entre los protagonistas de la Historia del pensamiento a grandes místicas, como Caterina de Siena, por no hablar de Hildegarda de Bingen, con cuyas visiones metafísicas y perspectivas sobre el infinito seguimos lidiando todavía hoy en día.

La objeción de que la mística no es filosofía no es sostenible porque las historias de la filosofía reservan espacio a grandes místicos, como Suso, Tauler o Eckhart. Y decir que gran parte de la mística femenina se centraba más en el cuerpo que en las ideas abstractas sería como decir que de los manuales de filosofía debe desaparecer, qué sé yo, Merleau-Ponty.

Las feministas eligieron hace ya tiempo como heroína a Hipatia, que, en la Alejandría del siglo V, era maestra de Filosofía Platónica y de Matemáticas. Hipatia se ha convertido en un símbolo, pero desgraciadamente de sus obras sólo ha quedado la leyenda, puesto que se perdieron como se perdió también ella, hecha literalmente pedazos por una turba de cristianos exacerbados, soliviantados según algunos historiadores por aquel Cirilo de Alejandría al que se le hizo santo, aunque no por eso. Pero, ¿Hipatia era la única?

Recientemente, se ha publicado en Francia un librito, Histoire des femmes philosophes. Si nos preguntamos quién es el autor, Gilles Ménage, descubrimos que vivía en el siglo XVII, que era un latinista preceptor de Madame de Sévigné y de Madame de Lafayette y que su libro, aparecido en 1690, se titulaba Mulierum philosopharum historia. Con que Hipatia era la única: aunque esté dedicado, sobre todo, a la edad clásica, el libro de Ménage nos presenta una serie de figuras apasionantes: Diótima la socrática, Arete la cirenaica, Nicarete la megárica, Hiparquia la cínica, Teodora la peripatética, Leontion la epicúrea, Temistoclea la pitagórica. Hojeando los textos antiguos y las obras de los padres de la Iglesia, Ménage encontró citadas a 65 filósofas, aunque su concepto de filosofía era bastante amplio.

Si calculamos que en la sociedad griega la mujer estaba confinada entre las paredes domésticas, que los filósofos preferían entretenerse, más que con buenas mozas, con mozalbetes y que, para disfrutar de notoriedad pública, la mujer tenía que ser cortesana, se entiende el esfuerzo que tuvieron que hacer aquellas pensadoras para poderse afirmar. Por otra parte, a Aspasia se la recuerda como cortesana, aunque de calidad, olvidando que era experta en retórica y filosofía y que (nos lo cuenta Plutarco) Sócrates la frecuentaba con interés.

He ido a hojear por lo menos tres enciclopedias filosóficas de hoy en día y, de estos nombres (salvo Hipatia), no he encontrado ni rastro. No es que no existieran mujeres que filosofaban. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, quizá tras haberse apropiado de sus ideas.