lunes, 14 de abril de 2008

El pensamiento silenciado.

El pensamiento silenciado

Umberto Eco

La antigua afirmación filosófica según la cual el hombre es capaz de pensar el infinito, mientras que la mujer da sentido al infinito, puede leerse de muchas maneras: por ejemplo, puesto que el hombre no sabe hacer hijos, se consuela con las paradojas de Zenón. Ahora bien, basándose en afirmaciones de este tipo se ha difundido la idea de que la Historia (por lo menos hasta el siglo XX) nos ha dado a conocer a grandes poetisas y a narradoras superlativas, así como a científicas de varias disciplinas, pero no a mujeres filósofas ni a mujeres matemáticas.

En distorsiones de este tipo se ha fundado durante mucho tiempo la convicción de que las mujeres no tenían aptitudes para la pintura, a no ser por las habituales Rosalba Carriera o Artemisia Gentileschi. Es natural que, mientras la pintura consistiera en frescos de iglesias, subirse a un andamio con faldas no fuera algo decente ni fuera oficio de mujer dirigir un taller con 30 aprendices, pero las mujeres pintoras han aparecido en cuanto se ha podido hacer pintura de caballete.

Algo así como decir que los judíos han sido grandes en muchas artes pero no en pintura hasta que no apareció Chagall. Es verdad que la cultura judía era eminentemente auditiva y no visual, y que no debía representarse a la divinidad mediante imágenes, pero hay una producción visual de indudable interés en muchos manuscritos judíos. El problema es que era difícil, en los siglos en que las artes figurativas estaban en manos de la Iglesia, que un judío se sintiera alentado a pintar vírgenes y crucifixiones, y sería como asombrarse de que ningún judío haya llegado a ser Papa.

Las crónicas de la Universidad de Bolonia citan a profesoras como Bettisia Gozzadini y Novella d'Andrea, tan bella que tenía que dar clase detrás de un velo para no turbar a los estudiantes, pero no enseñaban Filosofía. En los manuales de filosofía, no encontramos a mujeres que enseñaran Dialéctica o Teología. Eloísa, brillantísima e infeliz alumna de Abelardo, tuvo que conformarse con convertirse en abadesa.

Tampoco hay que tomarse a la ligera el problema de las abadesas, y le ha dedicado a ello muchas páginas una mujer-filósofo de nuestro tiempo como Maria Teresa Fumagalli. Una abadesa era una autoridad espiritual, organizativa y política, además de desarrollar funciones intelectuales importantes en la sociedad medieval. Un buen manual de filosofía tiene que incluir entre los protagonistas de la Historia del pensamiento a grandes místicas, como Caterina de Siena, por no hablar de Hildegarda de Bingen, con cuyas visiones metafísicas y perspectivas sobre el infinito seguimos lidiando todavía hoy en día.

La objeción de que la mística no es filosofía no es sostenible porque las historias de la filosofía reservan espacio a grandes místicos, como Suso, Tauler o Eckhart. Y decir que gran parte de la mística femenina se centraba más en el cuerpo que en las ideas abstractas sería como decir que de los manuales de filosofía debe desaparecer, qué sé yo, Merleau-Ponty.

Las feministas eligieron hace ya tiempo como heroína a Hipatia, que, en la Alejandría del siglo V, era maestra de Filosofía Platónica y de Matemáticas. Hipatia se ha convertido en un símbolo, pero desgraciadamente de sus obras sólo ha quedado la leyenda, puesto que se perdieron como se perdió también ella, hecha literalmente pedazos por una turba de cristianos exacerbados, soliviantados según algunos historiadores por aquel Cirilo de Alejandría al que se le hizo santo, aunque no por eso. Pero, ¿Hipatia era la única?

Recientemente, se ha publicado en Francia un librito, Histoire des femmes philosophes. Si nos preguntamos quién es el autor, Gilles Ménage, descubrimos que vivía en el siglo XVII, que era un latinista preceptor de Madame de Sévigné y de Madame de Lafayette y que su libro, aparecido en 1690, se titulaba Mulierum philosopharum historia. Con que Hipatia era la única: aunque esté dedicado, sobre todo, a la edad clásica, el libro de Ménage nos presenta una serie de figuras apasionantes: Diótima la socrática, Arete la cirenaica, Nicarete la megárica, Hiparquia la cínica, Teodora la peripatética, Leontion la epicúrea, Temistoclea la pitagórica. Hojeando los textos antiguos y las obras de los padres de la Iglesia, Ménage encontró citadas a 65 filósofas, aunque su concepto de filosofía era bastante amplio.

Si calculamos que en la sociedad griega la mujer estaba confinada entre las paredes domésticas, que los filósofos preferían entretenerse, más que con buenas mozas, con mozalbetes y que, para disfrutar de notoriedad pública, la mujer tenía que ser cortesana, se entiende el esfuerzo que tuvieron que hacer aquellas pensadoras para poderse afirmar. Por otra parte, a Aspasia se la recuerda como cortesana, aunque de calidad, olvidando que era experta en retórica y filosofía y que (nos lo cuenta Plutarco) Sócrates la frecuentaba con interés.

He ido a hojear por lo menos tres enciclopedias filosóficas de hoy en día y, de estos nombres (salvo Hipatia), no he encontrado ni rastro. No es que no existieran mujeres que filosofaban. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, quizá tras haberse apropiado de sus ideas.

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